Faltan unas dos horas para que este autobús llegue a Kaunas, ciudad que me está acogiendo en su seno estas Navidades. Ha salido el sol y me entretengo observando a las nubes jugueteando entre ellas en un cielo que ha dejado de ser gris para volverse, al fin, azul. El chico sentado al otro lado del pasillo bebe una lata de medio litro de cerveza, y tiene otra en la recámara; la chica que veo en diagonal parece haberse puesto sus mejores galas y todavía lleva en la cabeza unos rulos, parece haber salido de la peluquería con prisa para alcanzar este autobús que yo no he perdido por solo dos minutos. Se respira en el ambiente que hoy es Nochevieja.
He pasado la noche en Klaipeda, tercera ciudad en tamaño del país. No es que su casco histórico sea feo, simplemente no me transmite nada especial. Se parece demasiado a Alemania.
Tras una noche especialmente triste y aburrida que me llevó a la cama a eso de las nueve, pude recuperar bastante del sueño perdido. No importa, sigo quedándome dormido en todos los medios de transporte con una asombrosa facilidad, forjada en mis viajes en solitario.
Hube de levantarme a las siete para poder coger el ferry a Smiltyne. Caminaba todavía entre la noche mientras recordaba mi viaje en ferry por el Báltico el pasado junio, cuando estuve en el infierno, y todas las bromas con mis compañeros de habitación: un neozelandés y una australiana con la que acabaría viajando unos días.
Y recordaba que Ugne me ha dicho que no vivo el presente, que siempre estoy o en el futuro o en el pasado. Tiene razón. Quizá sea mi postura ante mi incapacidad de atrapar el presente, se me escapa siempre el maldito, que me imposibilita disfrutar el momento salvo cuando ya ha pasado.
Y aquí, en el autobús, disfruto más del amanecer que vi esta mañana desde el ferry que en aquel momento. Esta vez tengo excusa: el frío me mataba. Todavía tuve que esperar una hora a la intemperie a que pasara el bus que me llevaría a Nida, mi destino, a solo 3 kilómetros de esa parte de Rusia que es Kaliningrado. Mis pies estaban helados y los dedos me empezaban a doler tanto que me tuve que poner también el par de calcetines sucios que llevaba en la mochila. Como no entendía el horario y estaba solo en la parada no abandoné por poco.
Nida es una diminuta villa de pescadores de solo 1500 habitantes, en una lengua de tierra que se abre en medio del Báltico que pertenece a Rusia y Lituania; decorada con pintorescas casitas de tejados afilados, unas azules, otras verdes, rojas o marrones; que desde lejos parecen las gruesas pinceladas de algún pintor impresionista francés.
Al otro lado la naturaleza tenía un regalo. En el horizonte y sobre el mar, entre las nubes, a modo de marco, se abría un hueco alargado por el que asomaba la mitad del sol, todo ello reflejado sobre las aguas, dando como resultado un lienzo con dos medios soles, uno que peleaba con las nubes y otro que nadaba al ritmo de las ondulaciones del agua.
Ese reflejo me recordaba esa teoría que tanto me gusta, esa que dice que no tenemos recuerdos de la realidad, simplemente recordamos la imagen que nos ha venido a la cabeza la primera vez que recordamos algo. En estas estaba yo en lugar de vivir el momento.
Por eso escribo este blog. Para convertir en pasado lo que una vez fue futuro y que durante un instante debió haber sido presente.


Feliz Año 2012 estás donde estés ! un abrazooooo
Javi
Por: Javi el 31 diciembre, 2011
a las 17:56
Super bueno! Luis! Este post es maravilloso! Gracias por compartir tus momentos pasados
Por: ugnee el 3 enero, 2012
a las 12:09